El 24 de junio de 2026, un doble terremoto de magnitudes 7.2 y 7.5 sacudió el norte de Venezuela, dejando una profunda cicatriz en la región. Las imágenes devastadoras de Caracas y La Guaira, con más de un centenar de edificaciones colapsadas y una cifra trágica que supera las 1,700 víctimas, resaltan la importancia de la gestión de riesgos en el crecimiento urbano.

Este desastre es un llamado de alerta para la República Dominicana y América Latina sobre la necesidad de priorizar la gestión de riesgos como una cuestión de supervivencia nacional. La interacción de la Placa de Norteamérica y la Placa del Caribe, que se desplaza a una velocidad de aproximadamente dos centímetros anuales, representa una vulnerabilidad sísmica latente en nuestro contexto geológico.

El reciente desastre en Venezuela validó el "efecto de sitio" o la amplificación por tipo de suelo, donde la combinación de torres altas sobre cuencas sedimentarias provocó colapsos estructurales. Este fenómeno recuerda el terremoto de 1946 en la Bahía de Samaná, donde se demostró el impacto diferencial del terreno en las zonas costeras bajas.

La proliferación de viviendas informales y la autoconstrucción sin supervisión profesional son un problema urbano en América Latina. Construir sin criterios técnicos transforma los hogares en trampas mortales ante el desplazamiento del suelo.

El diseño sismo-resistente debe ser una obligación ética y técnica, con el objetivo de dotar a los edificios de la ductilidad necesaria para balancearse y agrietarse sin colapsar. Los gobiernos deben exigir estudios geotécnicos obligatorios y fiscalizar rigurosamente el reglamento para el análisis y diseño sísmico de estructuras.

La educación sísmica ciudadana es crucial para mitigar la vulnerabilidad. Las academias y escuelas deben liderar la enseñanza de qué hacer antes, durante y después de un sismo, promoviendo una cultura de prevención y responsabilidad constructiva.