En Santo Domingo, a orillas del río Ozama, decenas de personas cruzan diariamente en yola, una práctica que persiste a pesar de los avances tecnológicos y de transporte. Ramón Acosta, dirigente comunitario del barrio Las Lilas, explica que este medio de transporte sigue siendo vital para la economía local, permitiendo a vendedores y trabajadores cruzar el río para realizar sus actividades diarias.
Los yoleros, organizados en una asociación, se turnan para trabajar, algunos con hasta 40 años en el oficio. Buki, un yolero con más de seis décadas de experiencia, cobra 30 pesos por cada cruce, a pesar de la competencia del teleférico y el metro de Santo Domingo.
A pesar de las condiciones insalubres del río y de las embarcaciones, los yoleros continúan ofreciendo su servicio con orgullo. La contaminación del río Ozama es evidente, con plásticos y desechos flotando en sus aguas, pero para los residentes, cruzar en yola es parte de su realidad cotidiana.
Claudia, una joven que también utiliza la yola, comparte que su padre fue uno de los yoleros más antiguos, y ahora ella sigue sus pasos mientras estudia Comunicación Social. La vida en el río Ozama refleja una mezcla de tradición, necesidad y resiliencia frente a la adversidad.




